....... La Webera de Oro .......



Niní por Niní - fragmento de “Mis Memorias”, autobiografía- (Autor: Niní Marshall) Cuando tenía unos 6 0 7 años, irrumpió en mi vida un personaje llamado Francisca Pérez, que sin proponérmelo, tuvo amplia gravitación en mi vida. Llegó a casa una mañana, no se de la mano de quien. Chiquitita y fea como era, entró en mi corazón para siempre. Acababa de llegar de España en busca de una casa donde le pagaran un sueldo, le dieran casa y comida y los domingos libres. Había nacido en Mataluenga del Bierzo, un pueblito de la provincia de León. Por todas sus características, era una auténtica gallega, como que Mataluenga había pertenecido a Galicia. Lo cierto es que Francisca, en poco tiempo y por muchos años, fue en casa una parte sustancial. Por su bondad, su ternura especial y su honradez. Tenía una fuerza para el trabajo que se contradecía con su físico y además una osadía, consecuencia de su ignorancia, que provocaba primero estupor y luego la risa condescendiente. A mamá, era capaz de decirle “No diga burradas, señora...Osté con su cortos conocimientos no sabe que....” A veces le preguntaba a una visita que almorzaba en casa –Osté..no come más?.. No Francisca, gracias...-¡Que zonzo!. Recuerdo que una vez mamá oyó que se quejaba de una molestia en la vista. ¡No hay que descuidar la vista, Francisa. Vamos, la acompaño al oculista. –¡Ah no! Allí yo no voy. -¿Por qué? -Porque no me justa señora que me revise el culista. Cuando Francisca me mimaba, mamá la reprendía, -¡Hay Francisca. No conscienta así a la nena... ¡Mal hecho!...-Mal hecho es un giboso- contestaba. Esa y mil ocurrencias más podría contar de Francisca. Vivió diez años con nosotros y todos, especialmente yo, llegamos a adorarla. Ella también tenía pasión por mí, y ese sentimiento mutuo, no impedía que me reprendiera porque no comía y que yo, por mi parte, la imitara, haciendo reír a los míos. Por las noches, cuando mamá salía y no podía llevarme, yo pasaba a la cama de Francisca y dormía con ella. Me parece oírla –Tapate bien, mi niña, no te enfríes. Yo me divertía observándola, Me parecía entonces un ser distinto, y le copiaba sus frases, sus dichos, sus ocurrencias y sus atrevimientos. Mamá solía repetir que tenía a penas un diente y medio. Recuerdo que vivía mandándola al dentista. Pero no había nada que hacer, era tan tozuda como buena. –Deje osté señora! Si como ijual! Era inteligente para algunas cosas, pero nunca le interesó aprender a leer ni a escribir. “¿Para qué voy a aprender? ¿Para que se rían de mí? Por insistencia de mi mamá intenté enseñarle, pero fue inútil. No logré hacerle escribir una O ni por redonda. En su trabajo era muy eficiente, muy limpia, prolija y además muy ahorrativa, casi tacaña. Tanto para las cosas de la casa, como para su propio dinero. No derrochaba ni permitía que se tirara nada, y cuando regresó a España llevó una pequeña fortuna – sus ahorros - para vivir tranquila, en su rincón natal, el resto de sus días. Cuando anunció que se volvía, sentí que el mundo se terminaba para mí. Incluso no entendí como podía hacerme una cosa así, justo a mí que la quería tanto. Un día se marchó. La vi por última vez desde el balcón del departamento de la calle Libertad. Llevaba dos grandes valijas de cartón y antes de subir al coche, miró hacía arriba, con una mirada muy tierna. Tengo presente esa imagen. Quizás con ella se fue toda mi infancia y pubertad. Con su ternura y su ignorancia; con su corazón y sus ocurrencias, Francisca llenó diez años de mi vida. Lo cierto es que esa tarde, cuando vi su mirada, le hubiera gritado, le hubiera suplicado que se quedara, pero el llanto surgió de golpe y en los brazos de mamá ahogue mi angustia. Muchas noches en mi cuarto, pensé en ella, y entonces, me pareció escuchar su voz diciéndome: -No lloré mi niña, seque esas lagrimas que se me parte el pecho. Quien hubiera pensado que Francisca iba a ser, con el correr de los años, “mi Cándida”, o sea el personaje por el que entré en el mundo del espectáculo. La imité de niña, de adolescente, de joven. En mi casa, con mis amigos, con mis compañeros de redacción, o con los primeros colegas de la radio. Y después frente al micrófono, aunque fue ya su caricatura. A partir de entonces, ella y muchas otras Franciscas, quedaron sintetizadas en Cándida. Volver a La Webera...